LA VOZ DORMIDA

LA VOZ DORMIDA

Julio de 1984

Una semana después de la festividad de San Juan, se celebraban las fiestas de mi pueblo. Las clases habían finalizado. En mi arrogancia me creía un adulto hecho y derecho,  pues como  la EGB había quedado atrás, ya era mayor: Era un chico de Instituto.

Aquel año, como todos,  mis primos Francisco y Matilde habían venido a disfrutar de la Feria. Al final de la noche su hermano Ernesto vendría  a recogerlos,  así que mi madre no puso ninguna pega porque me quedara con ellos hasta última hora.

Nada más llegamos a la feria,  mi prima, tras quedar con nosotros  a una hora pertinente,  se fue con un chico de mi pueblo con el andaba ennoviada por aquel entonces.

Francisco  y yo vimos el cielo abierto, sin la presencia de su hermana la noche era nuestra y el recinto ferial un lugar como otro cualquiera para hacer el ganso. Nos fuimos directos a la zona de las atracciones, compramos las fichas para los coches locos  y nos pusimos a esperar que quedara alguno desocupado.

Mientras aguardábamos que algún chaval dejará algún coche libre, observe que había unos chicos con uniforme  de soldado sentados en uno de los bancos de los laterales. Tenían pinta de ser forasteros y no parecía que estuvieran allí para montarse en los autos de choque, ni nada por el estilo.

Aparentaban unos veintitantos año largos, por lo que deduje que eran militares profesionales y no reclutas de reemplazo. Uno de ellos el más moreno, casi agitanado,  era muy ancho de espaldas y dejaba ver bajo la camisa verde un ancho pectoral del que rebozaba una inmensa mata de pelo, aunque lo que más me llamó la atención de él fueron sus anchos bíceps.

Su compañero, de cabello oscuro pero más blanco de piel, también tenía un cuerpazo, el cual el uniforme se encargaba de resaltar en la justa medida.

Por aquel entonces era de lo más indiscreto y la costumbre que tenía de pequeño de mirarle el paquete a todo el mundo, en la adolescencia era un inconveniente de lo más peliagudo, pues inconscientemente gritaba en silencio por  dónde se encaminaban mis gustos sexuales y, aunque intentaba disimularlo, pues sabía que no estaba bien, mis instintos me gastaban más de una mala pasada.

No sé hasta qué punto llevé  mi impertinencia con aquellos dos tipos, pues uno de ellos, el de piel más oscura, al ver como tenía mi vista clavada en su bragueta, se metió mano al bulto de su entrepierna de un modo de lo más descarado. Avergonzado desvié la mirada, pero como polilla ante la luz volví a ceder a mis impulsos primarios. Esta vez los ojos del soldado buscaron los míos y, tras gesticular una sonrisa canalla, me guiñó un ojo.

Su respuesta me dejó bastante trastocado, era joven pero no tonto. Aquel gesto me pareció una insinuación en toda regla y, a pesar de que el forastero me atraía una barbaridad,  en vez de seguirle el juego como él esperaba, hice acopio de toda la sensatez que era capaz y  volqué toda mi atención en mi primo.

No obstante aquello pareció no importarle al agitanado tipo,  que dejando a su amigo solo, se dirigió hacia nosotros con unos andares  tan chulescos que parecía que la polla no le cupiera entre medio de las piernas. Me sentí un poco atemorizado, pues lo primero que pensé es que el tío me iba a soltar una fresca o algo parecido. Me quedé sin saberlo, pues Francisco  tiró de mí para que fuera tras de él:

—¡Pepito, corre! ¡Qué aquel coche se queda libre!

La oportuna intervención de mi acompañante me salvó de la posible bronca del militar, pero también me dejó sin saber qué carajo pretendía aquel tipo guiñándome el ojo y demás. Me volví levemente hacia atrás y aunque mi ingenuidad no podía descifrar exactamente lo que encerraba su ceñudo rostro, me dio la impresión de que estaba algo así como frustrado, como si le hubieran arrebatado algo…

Durante las  muchas vueltas  que dimos en coche  por la pista de choque, varias veces nos acercamos por donde ellos se encontraban. No hubo ni una sola vez que, al ser consciente de mi presencia, el militar no se tocase el paquete de manera insinuante.

La arrogancia   con la que aquel tipo se magreaba sus atributos, despertaba emociones contradictorias en mí: por un lado el soldadito me atraía como la miel  a las moscas, mientras que del otro, estaba horrorizado solo de  pensar las nefastas consecuencias que aquello me podía acarrear.

Una vez  agotamos las fichas, mi primo decidió irse con la música a otra parte pues aquello de chocar un coche contra otro estaba comenzando a parecer aburrido. Al pasar por el lugar donde estaban los dos soldaditos, pude comprobar con alivio,  que estos ya  se habían marchado.

Francisco, como buen jovencito  que era, tenía  las hormonas bailando al son del “Don’t go” de los Yazoo,  por lo que propuso ir a  dar una vuelta, con la  única  intención de ver algunas chavalas guapas y  echárnosla de novia. Si de manera individual no es que fuéramos unos tíos por los que las chicas volverían la cabeza, juntos parecíamos la versión cateta de Laurel y Hardy, por lo que cada vez que nos acercábamos a un grupo de muchachas, más que un “Hola,  ¿qué tal?” y los dos respectivos besos, su saludo se asemejaba a un “¿Qué coño queréis, pringaos? “

Desilusionados decidimos comprarnos una hamburguesa y una Coca-Cola en uno de los tenderetes que llenaban el recinto ferial.

—¡Vaya tarambainas que están hechas las niñas de tu pueblo! —Dijo mi primo sin dejar de masticar —. En la feria del mío,  seguro que a estas horas ya tendríamos cada uno una novia bien guapa.

—¿Cuándo son?

—Dentro de tres semanas. ¿Tú te vendrás a mi casa?

—Seguramente, lo tengo que hablar con mi madre, pero tratándose de vosotros no creo que haya problemas.

Tras comer, nos fuimos a la zona de las tómbolas y las atracciones de tiro al blanco. Francisco estaba deseoso por fanfarronear  delante de mí, de lo bien que le habían enseñado sus hermanos a disparar.

He de admitir que se daba  muy buenas trazas, y aunque era evidente que  el feriante, para disminuir el número de dianas,  había saboteado levemente tanto el brocal, como el punto de mira de sus escopetas. No fue inconveniente alguno para mi primo, que  se adaptó rápidamente a aquella deficiencia y, tras unas cuantas tiradas, consiguió ganar  un juego de vasos para su madre.

Al tiempo que mi acompañante recogía su merecido premio, sentí como alguien apoyó fuertemente su pelvis contra mi espalda, instintivamente  me volteé  para ver quién era y al encontrarme  de lleno con su rostro, un escalofrío recorrió mi espalda: era el soldado agitanado, quien sin cortarse un pelo me cogió sensualmente por la cintura y muy sutilmente refregó el bulto de su entrepierna por mi coxis.

—¿Qué pasa chaval? —Su acento dejaba claro que no era de la región  y su aliento, que se había tomado más de un par de copas.

—Aquí… Tirando con las escopetas…

—Tirando no, mirando como tu amigo tira — La chulería de sus palabras me dejaron claro que hacía  tiempo que me estaba observando.

—Mi amigo… no mi primo —Casi farfullé, pues hablar con un tipo clavado a mis espaldas  y al que me era difícil verle la cara se me hacía de lo más incómodo.

—¡Vámonos Pepito! —De nuevo Francisco me volvió a salvar de una situación que se me antojaba tan atrayente, como terrorífica.

Me despedí del hombre con un gesto, este me mostró su mejor cara de malote y me sonrió, a la vez que pegaba una calada al cigarrillo que se estaba fumando y lanzaba el humo en mi dirección. Seguí a mi primo a donde quiera que fuera y sin poderlo evitar volví la mirada hacia donde estaba el militar. Este  y  su amigo, me dijeron adiós  con la mano al tiempo que de manera provocativa se magreaban  el paquete, de nuevo la atracción y el miedo hicieron mella en mi persona.

—¿Quién era ese? —Preguntó mi primo sin dejar de mirar el juego de vasos que había ganado, como si fuera la cosa más maravillosa del mundo.

—Un soldado que está de paso, me ha preguntado por la caseta del ayuntamiento.

No sé porque le mentí a mi primo, quizás porque me sentía culpable por las atolondradas ideas que bullían en mi mente, quizás porque inconscientemente sabía que lo que aquellos dos esperaban de mí no me desagradaba por completo.

Sin poderme quitar a los dos uniformados de la cabeza, la noche pasó sin nada reseñable. Bueno sí, la Fefi nos dijo que la dejáramos tranquila que ni aunque fuéramos los últimos hombres del mundo nos haría caso. Eso viniendo de ella, que  era de las más gordas y feas del pueblo, nos hizo sentir que habíamos caído de  lo más bajo, por lo cual  aquella noche dimos por concluido lo de intentar ligar.

A la hora convenida nos fuimos para la entrada del recinto ferial, que era donde habíamos quedado con Matilde. Al poco se presentó esta con su chico dados de la mano, el chaval, temiendo la llegada de mi primo Ernesto, y como todavía no eran novios formales, le dio un beso a mi prima y se despidió de nosotros.

Mientras esperábamos, pasaron por allí  mis amigos del pueblo: el Richar, el Jaime, el Manolo, el Javi y el Rafita. Al verme con mi prima, se acercaron para que se la presentara, tras los dos pertinentes  besos de mis colegas a mi prima,  no pude reprimir preguntarles a donde iban.

—¡A lo de las bolas de trapo, a ver si le llevo a mi hermana un peluche! —Contestó un poco eufórico el Jaime.

—De buenas ganas me iba con ustedes, pero mis primos se van ya— Mi voz estaba cargada de una triste resignación.

Francisco pareció sentirse culpable al escucharme  y, tras consultar a su hermana con la mirada, me dijo:

—Pepito, si quieres quedarte, ¡hazlo!

—Pero es que mi madre me va a echar la bronca padre si no aparezco con vosotros.

—No se tiene porque enterar… —Dijo mi prima con una sonrisa —Ya se lo diré a mi madre, para que no meta la pata. ¡Qué un día es un día!

Al comprobar que tenía  hasta el beneplácito de mi prima, no pude evitar sonreír hasta con la mirada y dirigiéndome a mis amigos les dije:

—¡Esperadme en lo de las pelotas, que ahora voy para allá!

—¿Por qué no te vas con ellos directamente? —Se extrañó mi prima.

—Porque quiero saludar a tu hermano, que hace mucho tiempo que no lo veo.

Cinco minutos después apareció mi primo Ernesto por allí, cuando le dije que me quedaba en la Feria, no le hizo mucha gracia, pero por no contrariarnos, cedió ante nuestra petición.

Es curioso, mis primos Ernesto y Fernando, como buenos gemelos,  eran idénticos en todo menos en su carácter. Ernesto era más tímido y moldeable, Fernando era más extrovertido y más intransigente. De haber sido él a quien le hubiera correspondido ir a recogernos, no hubiera consentido que me quedara, si me hubiera montado en el coche con ellos mi vida hubiera sido bien distinta. Pero se ve que la mariposa que me tocó en suerte aquella noche, aleteó con el único objetivo de joderme la existencia.

Nada más se marcharon mis primos, me dirigí hacia los puestos de las pelotas. Al pasar por la tómbola, me encontré de nuevo con los dos soldados quienes, al igual que mi primo y yo, parecían que no tenían suerte con las mujeres, pues la hija de la Jacinta y su amiga, ponían cara de asco ante sus requiebros.

Los dos veinteañeros, al verme pasar por su lado, dejaron en paz a las dos atractivas muchachas y, tras pegarse un codazo de complicidad, me siguieron.

No sé porque hice lo que hice, en vez de aligerar el paso hacia el tenderete donde estaban mis amigos, me paré en seco y con ese no amedrentarse ante nadie tan mío, me volví, henchí mi pecho de aire y les dije:

—¿Qué quieren? ¿Por qué me siguen?

Mi aparente valentía los dejó descolocados por completo, pero como hombres de mundo que eran supieron darme una rápida respuesta, tan convincente como falsa.

—Pues nada, que no conocemos nadie aquí y tú nos has parecido simpático —Dijo el de piel más clara, mostrando las más seductora sonrisa.

—Bueno, ¿y qué? —Contesté yo dejándole claro que no me tragaba aquella especie de rollo patatero.

—Pues nada, que como hemos visto que tu primo no está contigo—El que así hablaba era el agitanado —, hemos pensado que  te podrías venir con nosotros a dar una vuelta… Creo que nos lo podemos pasar bastante bien.

Mentiría si dijera que era tan ingenuo como para no saber interpretar el doble sentido de sus palabras. Aunque mi primera reacción fue mandarlos a paseo, el duende travieso que jugueteaba con mis desconocidos deseos me aconsejó que aceptará su proposición.

—No me importaría ir con vosotros, pero es que he quedado con mis amigos…

—No nos va a llevar mucho tiempo… En una hora a lo más tardar estamos de vuelta —Quien así hablaba era el uniformado de piel más oscura.

Los observé detenidamente, aunque por aquel entonces todavía no tenía muy claro mis preferencias sexuales, mis inexpertos ojos veían a aquellos  dos tipos sumamente atractivos y pese a ser dos completos desconocidos, su uniforme militar, insólitamente, despertaba mi confianza. “¿No estaban los soldados para proteger a la gente?” —pensé.

—¿ Entonces, estaremos de vuelta en una hora?

—No creo que tardemos más —Me contestó el de piel clara colocándose bien la polla bajo el uniforme.

—Pues esperadme un momento que se lo voy a decir a mis colegas.

Aceleré mis pasos y me dirigí al tenderete en el que estaban mis amigos. Al llegar allí, vi que el  Jaime era el único que estaba tirando pelotas para derribar las geométricas formaciones de dados de tela  y los demás se encargaban de animarlo. La verdad es que era muy difícil echarlos abajo, pues estaban rellenos de arena mojada y el único de los allí presente que tenía suficiente fuerza para hacerlo era  el fortachón de Jaime.

—¿Vais a estar aquí mucho tiempo? —Dije con los nervios vibrando en cada una de mis palabras.

—No sé, el tiempo que este tarde en conseguir el peluche para su hermana —contesto el Richar señalando a nuestro amigo.

—¿Y después de aquí? ¿Dónde vais a ir?

Mi persistencia pareció molestar al Rafita quien respondió a mis preguntas con  otra:

—¿Todavía no han venido a recoger a tus primos?

—No, no es eso. Es que hay unos forasteros que me han preguntado cómo se va al pueblo y les voy a acompañar —La facilidad con que fui capaz de inventarme aquello me sorprendió hasta mí.

—¿Y qué? ¿No sabes indicarle derecha, izquierda y to tieso? —La reprimenda de aquel repelente adolescente lo único que buscaba era herir mi amor propio, no obstante yo estaba tan eufórico por la proposición de los veinteañeros que me dio igual.

—Prefiero acercarlos, pues desde aquí no me sé explicar muy bien. ¿Dónde se vais a ir  después de aquí?

—Seguramente a los coches de choque, pero si no estamos allí en la caseta de mi padre…

—Bueno… ¡Pues si no nos vemos en un sitio en otro! — Tras esto y dejando al Rafita un poco con la palabra en la boca, me dirigí a los otros chicos —¡Hasta luego tíos!, que  me voy a acercar a estos dos al pueblo.

Del mismo modo estrepitoso que llegué me fui. Era consciente de que estaba haciendo algo malo, pero el sabor de lo prohibido hacia que  ignorara mi sentimiento de culpa. Los dos tíos que me esperaban eran dos absolutos desconocidos y aunque sospechaba que era lo que buscaban, mi ignorancia no sabía dimensionar el alcance de sus deseos y, mucho menos, el fregado en el que me estaba metiendo. Agarrándome  al salvavidas que para mí suponía  la supuesta bondad de sus uniformes, me lancé viento en popa a toda vela a la aventura que implícitamente me proponían.

Al llegar a la tómbola, comprobé que me aguardaban fumando un cigarro y pegando  visualmente un repaso al culo y las tetas de toda la que pasaba, al tiempo que le regalaban unos piropos de lo más grosero:

—Morena, si tu culo fuera un banco te la metería a plazo fijo.

—¡Tienes un polvo que no te lo quita ni el “Centella”! —Se creció su compañero, ante el improperio del agitanado.

Al verme llegar dejaron de molestar a las paisanas y cruzando entre ellos una mirada maliciosa, adoptaron una pose marcial y caminaron hacia mí.

—No ves cómo te dije que venía —Dijo el más moreno a su compañero,   haciendo un mohín de complacencia.

—Sí, se ve que el muchacho es un hombre de palabra.

Aunque estaba tan excitado que el estómago parecía que se me iba a salir por la boca, opté por encogerme de hombros y mirarlos expectante.

—¿Cómo te llamas chaval? —Dijo el de piel más clara, con el claro objetivo de que rompiera mi silencio.

—Juan José… Juan José Jiménez… Pero todos mis amigos me llaman Pepe.

—Pepe pues… —El soldado me tendió la mano y yo le ofrecí la mía, el breve momento en que se cruzaron, sus dedos acariciaron sutilmente la palma de mi mano —Yo me llamo Miguel, y mi amigo Ángel.

—Choca esos cinco —Me dijo el agitanado apretando mi mano entre la suya, de un modo netamente sensual.

Cada vez tenía más claro lo que aquellos tíos buscaban de mí, pero la familiaridad con la que me trataban me hacía sentirme bien y aunque todos sabemos que la curiosidad mató al gato, nadie escarmienta por cabeza ajena, ni se vuelve más cauto ante el peligro.

—¿Eres del pueblo? —Me preguntó Miguel.

—Sí, desde que nací —Mi sonrisa era una muestra clara de que comenzaba a estar a gusto con ellos, como si los conociera de toda la vida.

—Ángel y yo somos de Cañete.

—¿Cañete?

—Sí, un pueblo de Cuenca muy pequeñito —Aclaró Ángel — Pero ahora nos han destinados al cuartel de Muñoz Castellanos, así que si quieres cada vez que nos den permiso nos podemos pasar por aquí.

Las palabras de aquellos dos tipos no solo me reconfortaban, sino que me hacían sentirme importante, ¡muy importante! Aparqué mis dudas y al tiempo que me dejaba seducir por sus palabras, bajé la guardia por completo. Hasta tal punto empezaba a sentirme cómodo con los dos militares,  que incluso ignoré las caras de sorpresa de la gente del pueblo cuando me vieron  pasear en  su compañía.

Las palabras y zalamerías de los dos de Cañete me tenían como hipnotizado, tanto que cuando dijeron de abandonar el recinto ferial no puse ninguna pega.  Una vez nos internamos   en el bosque de encinas cercano, mis labios se sellaron, como si lo de ir allí fuera una especie de pacto entre caballeros.

Nada más la penumbra nos envolvió, el agitanado me echó el brazo por los hombros de un modo sumamente afectuoso. Hasta aquel momento no noté su fuerte olor corporal, aunque  no era un sudor agrio debido a la falta de higiene, su olor no era agradable. Acercó su cabeza a la mía y me susurró algo   al oído que no entendí, al preguntarle por lo que me había dicho, sus labios sellaron los míos con un beso.

Me quedé como petrificado, nunca nadie antes me había besado en la boca y aunque muchas veces había fantaseado con hacerlo con alguna chica, no me había  preparado para que mi garganta fuera visitada por la lengua de un tipo  al que el aliento le apestaba a alcohol barato. Pese a que aquello me estaba resultando de lo más incómodo, no puse ningún impedimento y me deje hacer con el mismo dinamismo y voluntad que un muñeco de trapo.

Viendo que no ponía ninguna pega a sus arrumacos, como si fuera un juguete compartido me cedió a su compañero que al igual que Ángel transpiraba un fuerte olor y sus besos sabían a alcohol  de garrafón.

Los acontecimientos se sucedieron de un modo vertiginoso, cuando me quise dar cuenta era una loncha de jamón de york y los dos militares las rodajas del sándwich. Miguel me besaba apasionadamente y Ángel restregaba el bulto de su entrepierna por mis glúteos. Sabía que aquello no estaba nada, pero nada que bien, pero en vez de negarme seguía dejándome mimar por aquellos dos brutos, que más que acariciar mi cuerpo lo que hacían era sobarme de un modo casi violento.

—Has visto, está tan tiernecito como una jovencita —El que así hablaba era Ángel, quien por la dureza que sentía en mi culo estaba excitado a más no poder.

—Lo único que le falta son unas tetitas y un coñito, para que sea perfecto —Le contestó Miguel, ignorando mi presencia por completo.

Aunque todavía no dimensionaba correctamente lo que era la homosexualidad como forma de vida y tal, el que me compararan con una mujer no me hizo ni chispa de gracia y en mi pecho empezó a rugir una tormenta de rebeldía.

Sin darme tiempo a reaccionar, Ángel se  desabrochó el cinturón y abriendo la bragueta sacó su churra fuera, he de reconocer que el tipo estaba bien dotado.  Ver su polla negra y cabezona hizo que inconscientemente me excitara, circunstancia que fue apreciada por Miguel quien restregaba su sexo contra el mío, a la vez que me mordía los labios con una pasión desmedida.

—A la muy putita, le está gustando se le ha puesto la chorra tiesa.

Sí escuchar cómo me comparaban con una chica me molestó, el que se dirigieran a mí con el apelativo de putita, enervó mis ánimos. Mas los acontecimientos me superaban tanto que no hice, ni dije nada para contrariarles.

Al sentir su miembro desnudo rozar mis nalgas, una placentera y desconocida sensación me invadió. Ángel, sin esperar mi aprobación me bajó el pantalón y los slips mientras su amigo me colmaba de atenciones con sus besos y su sobeteo. El agitanado pegó su pelvis a mis cachas y restregó su miembro entre el canal de mis glúteos, al tiempo que clavaba de manera desmedida sus dedos en mi cintura.

Si en algún momento su forma de actuar me había podido parecer cariñosa, aquella sensación se fue esfumando poco a poco y por completo. Ver como Miguel sacaba su erecto pene fuera y pretendía metérmelo en la boca fue la gota que colmó el vaso.

—¡No! —mi grito sonó contundente.

—¿No te gusta chuparla? —Dijo Ángel apartando levemente las manos de mis caderas —Al menos te gustara recibir.

Aterrorizado negué con la cabeza. Los dos hombres tras intercambiar una mirada de perplejidad se dirigieron a mí:

—¿Qué pretendías viniendo aquí con nosotros?

—¿Pegarnos un calentón?

La violencia que rezumaba las palabras de los dos hombres, hicieron que toda excitación abandonara mi cuerpo y las palabras se negaran a salir de mi boca.

—Pues cómo está claro que eres una putita y te gustan las pollas, nosotros aunque no quieras te la vamos a dar —Ángel al decirme esto cogía su miembro con una mano y me lo enseñaba como si fuera un arma.

—Si tu culo y tu boca van a rebosar de leche —Dijo Miguel acorralándome.

La situación no podía ser más caótica, yo con el culo al aire y los pantalones bajados hasta las rodillas, los dos militares con la polla en posición de firme y dispuestos a disparar su semen en mí. Intenté huir, pero el terror entorpecía mis movimientos. Grité pidiendo ayuda, pero el bullicio de la feria ahogó mis suplicas.

Si hasta aquel momento los dos de Cañete habían mostrado su cara más dulce, a partir de aquel momento me enseñaron cual perversos eran. Miguel me inmovilizó y me tendió en el suelo, para que no gritara me puso el codo sobre el cuello, intenté revolverme como pude pero dos puñetazos en la boca del estómago de Ángel me recordaron quien mandaba allí.

No olvidaré nunca aquella expresión de sadismo en el rostro del soldado agitanado mientras me quitaba el pantalón y toqueteaba mi culo. Nunca podré borrar de mi mente, aquella satisfacción en su rostro cuando comprobó lo cerrado que estaba.

—Miguelito, me parece que esta noche hemos tenido doble suerte pues no solo vamos a follarnos un culito, sino que lo vamos a estrenar. ¡La putita está por desvirgar!

La furia que nacía en mi interior hizo que intentara liberarme, lo que me valió dos potentes puñetazos: uno en el pecho y otro en la cara. Dolorido y  con el labio manando sangre, me dispuse a aceptar mi destino, pero lo peor estaba aún por venir: mi cuerpo se negaba a que un cuerpo extraño entrara en él.

A pesar de que lo había lubricado con una crema que traían, mi ano no dejaba pasar la morena polla de Ángel quien cada vez se mostraba más enfadado e irascible.

—¡Mariconazo, por tu bien será mejor que te relajes!

Si mi cuerpo y mi mente habían ignorado  en aquel momento el significado de la palabra relajarse, sus constantes gritos no ayudaban. Dominado por la cólera, me golpeó con el puño cerrado en el pecho, en los brazos, en la cara, donde alcanzara…

El dolor adormecía mis sentidos, pero mi estrecho agujero no parecía querer albergar el proyectil del soldado.  De pronto, cerró el puño lo levantó enérgicamente y, como si se tratara de  un martillo, golpeó mi frente. Durante unos segundos un sabor metálico navegó por mi paladar, después me abrazó la oscuridad…

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